Pedía siempre por la misma zona. Aunque en realidad no pedía, se limitaba a mantener extendida su ancha mano, callosa y sucia. Nunca hablaba, no te daba las gracias si le dabas algo ni protestaba si pasabas por su lado sin hacerle caso. Simplemente permanecía allí, ausente, con su cara sucia, su pelo largo y grasiento, la barba y aquel abrigo/gabardina, no se sabía muy bien qué era ya que el tiempo y la falta de lavados lo había convertido en una masa informe. Se colocaba allí, en una esquina del centro y veía la vida pasar.
Todos le conocíamos, era una parte mas de la vida en la ciudad, tan permanente e inmutable como la catedral, como el palacio de los Guzmanes, como el Barrio Húmedo.Y corrían, cómo no, innumerables leyendas sobre él. Una contaba que había sufrido algún mal de amores, otra hablaba de que era un hombre tremendamente inteligente cuya mente habría sufrido un vuelco. Pero en realidad nadie lo conocía de verdad. Alguien intentó una vez alcanzar su alma, desvelar su espíritu y le pintó en un cuadro. Y era él, perfectamente reconocible pero tan impenetrable como en la vida real.
Nunca nadie se metió con el. No hubo insultos, ni burlas, creo que había un pacto tácito y no hablado entre toda la ciudad de protección tanto de día por las calles como por las noches cuando dormía en los cajeros. Las monjitas de Cáritas se lo llevaron mas de una vez con ellas, le daban comida caliente y una cama para que pudiera dormir resguardado del intenso frío invernal. Pero él no quería, nunca aguantaba mas de un par de días. El necesitaba sus calles, su aire frío, sentirse libre, ver la vida pasar.
Un día desapareció, de repente dejamos de encontrarle por sus calles. Supimos por el periódico que se había puesto enfermo y al final murió. Y todos sentimos, todos estuvimos de acuerdo en que habíamos perdido un pedacito de la ciudad.